El control de la mosca negra empieza con la prevención

El control de la mosca negra empieza con la prevención

Más pequeñas y compactas que los mosquitos, las moscas negras o simúlidos son una plaga de picadura dolorosa, que se reproduce en los cursos de agua. Sus huevos quedan adheridos a la vegetación acuática, donde pasan también las fases inmaduras. Es justamente la vigilancia de estos focos de cría y la prevención de unas condiciones favorables para los estados larvales en los cauces de ríos la mejor arma para evitar una infestación.

 Las moscas negras, habitantes de los ríos

Si a los mosquitos les gusta el agua estancada para poner sus huevos, la mosca negra prefiere el cauce en movimiento y rico en oxígeno, especialmente en zonas húmedas y con sombra.

Tampoco son nocturnas, como la mayoría de los mosquitos, sino que se alimentan de día de jugos vegetales, excepto las hembras que son hematófagas. Éstas pican y duro, rasgando la piel con sus cortas mandíbulas y produciendo un fuerte dolor y picor.

Normalmente el número de simúlidos que atacan a la vez es muy numeroso llegando a provocar la muerte en animales, debido a la toxicidad de su saliva y al elevado número de picaduras. Los humanos son atacados sobre la piel desnuda y pueden incluso picar a través de la ropa.

Por suerte, no acceden dentro de los edificios para alimentarse, pero pueden ser una pesadilla en paseos o actividades laborales en el exterior.

Ponen sus huevos, durante la primavera o a principios del verano, en la vegetación semisumergida, sobre las piedras cerca de la superfícies o incluso en objetos arrojados al río, que eclosionan en 3-7 días. Las larvas no nadan y permanecen adheridas a plantas, piedras u objetos, alimentándose de la materia orgánica suspendida en el agua.

 La vigilancia es clave

Para poder controlar eficazmente las poblaciones de simúlidos, en cualquier fase de su desarrollo, es indispensable registrar y vigilar los focos de cría, tanto activos como potenciales, de modo que pueda realizarse un seguimiento continuo de la situación de las poblaciones.

Especial atención necesitan los focos conflictivos, en los que se constate la presencia activa o potencial, tanto adulta como larvaria de mosca negra. Es importante registrar las características de cada foco, por ejemplo, el grado de contaminación orgánica del agua y de presencia de vegetación.

Y, a la hora de planificar el control debe tenerse en cuenta la duración del ciclo vital del insecto en una determinada zona, que vendrá marcado por los factores climatológicos, especialmente la temperatura y las precipitaciones. Además, es recomendable ampliar la duración de las campañas de control, no solo ceñirlas a las épocas de mayor actividad (verano), de este modo se conseguirá combatir a las larvas en sus estados primarios, los más sensibles a la acción de los larvicidas.

 

Medidas de prevención y control

Las condiciones de higiene y limpieza en las cuencas fluviales son decisivas, por lo que hay que poner atención a factores como la depuración de aguas residuales, eliminación de basuras o el saneamiento del entorno y la retirada de vegetación en los focos conflictivos de los cauces.

Se pueden reducir al mínimo las probabilidades de infestación mediante un buen saneamiento, inspección y una buena vigilancia, limitando así la necesidad de aplicación de biocidas.

Las actuaciones de inspección y control se deben orientar preferentemente a los focos de cría (larvas) con el fin de evitar la aparición de adultos, y la actuación larvicida se realizará, normalmente, en el momento de detectar los primeros estados larvarios, que son los más susceptibles.

La aplicación de biocidas larvicidas se planificará en base a las características del foco de cría; densidad poblacional, calidad del agua, accesibilidad o la presencia de fauna útil, que en el caso de los simúlidos sería la ictiofauna (poblaciones de peces).

La estrategia de tratamiento se basa en el empleo de larvicídas entomopatógenos o biolarvicidas, formulados a base de la bacteria Bacillus thuringiensis israelensis (Bti), con una acción selectiva específica y un limitado impacto sobre el medio ambiente y la salud pública.

En el caso de los simúlidos, el larvicida se aplica en las zonas de corriente, según el caudal del flujo de agua en ese momento, de modo gradual, a razón de 15-20 minutos de aplicación por punto.

El éxito del control de los simúlidos depende en gran medida del seguimiento periódico de la evolución de las poblaciones, tanto adultos como estados larvarios, antes y después del tratamiento. Además de ayudar a establecer prioridades en cuanto a los focos a tratar, el seguimiento nos aportará información sobre la eficacia del tratamiento larvicida realizado.

 

 

Fuente: Revista de Salud Ambiental, ponencia "Los simúlidos. Problemática de control" de David Bravo Minguet

Imágenes: W.Commons